Durante la cuaresma la iglesia nos invita a la penitencia, a rechazar las tentaciones del diablo, el mundo, y la carne, para que así podamos dignamente celebrar el misterio pascual. La iglesia le invita a uno, en las palabras de San Pablo, "despojarse del hombre viejo…y revestirse del hombre Nuevo" (Efesios 4, 22-24). En el primer Domingo de la cuaresma se le contempla a Nuestro Señor frente a la triple tentación de Santanás (Mt. 4, 22-24). Nuestro Señor rechaza tres tentaciones fundamentales: la tentación al placer (v.3); la tentación al abandono de la responsabilidad propia (v.6); y la tentación al poder (vs. 8-9). Estas tres tentaciones fundamentales nos empujan a que esquivemos nuestro verdadero destino, que consiste en vivir solo por Dios.
En la época moderna estas tres tentaciones se nos han sido presentadas por tres escuelas de pensamiento; él de Sigmund Freud, Karl Marx, y Friedrich Nietzsche. Según Freud, el hombre viene siendo determinado por el placer. Según Marx, al hombre le falta la libertad porque viene siendo determinado por las leyes de la historia. El hombre no puede controlar los eventos de la historia; más bien es la historia que le controla a él. Según Nietzsche, el hombre viene siendo determinado por el anhelo al poder. El Papa Juan Pablo II durante una audiencia en 1983 dijo que estos tres pensadores pertenecen a una sola escuela de pensamiento, la que él llama "La Escuela de Sospecha." Estos tres pensadores le niegan al hombre la posibilidad de una existencia más noble. Recelan que cada cosa que hace el hombre nada más sirve para enmascarar el hecho de que en el fondo viene siendo compelido por el placer, el ambiente, y el poder. Nuestro Señor en el desierto rechaza estos. El hombre es llamado a utilizar el placer como un medio a su fin y no como un en si mismo. Luego, el hombre es capaz de tomar decisions responsables frente a los eventos históricos. Y por fin, el hombre es capaz de hallar la verdadera realización propia por medio del servicio. En el fondo, nuestra vocación humana se realize con el precepto veterotestamentario repetido por Nuestro Señor: "Amaras al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente" y "Amarás a tu prójimo como a ti mismo."(Mt. 22, 37-39).
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