El 1 y 2 de Noviembre nos aportan las celebraciones de Todos los Santos y de Todas las ánimas. Estos dos días nos dan la oportunidad especial de contemplar los novísimos, es decir, esas realidades finales que nos esperan cuando se termine esta peregrinación terrena. El día de Todos los Santos nos invita a glorificar a Dios en sus santos en el cielo, mientras que el día de las ánimas nos invita a hacer dos cosas:
1- Rezar por aquellos que todavía esperan entrada en el cielo.
2- Pensar en nuestras propias muertes.
Desafortunadamente en nuestra sociedad, no es fácil realizar este último punto. Un sicólogo ha dicho que a la sociedad norteamericana se le puede describir como una sociedad de la "Negación a la Muerte." Aquí, uno apenas se da cuenta de que está pasando al lado de un cementerio. Es como si estuvieran construidos con la intención de que fuera imposible apercibirlos desde afuera. En cambio, los cementerios en los países católicos se pueden ver desde lejos, como si les tuviera suplicándoles a todos que no se olvidaran que esta vida es pasajera. Sin embargo, ser una sociedad de "Negación a la Muerte" ha tenido para Estados Unidos algunos efectos adversos. Por ejemplo, se dice que nos hemos convertido en una sociedad infantil donde la edad promedia de la madurez emocional le viene a uno entre las edades de 25 a 28.
Pensarse uno en su propia muerte no es ni macabro ni lúgubre. Para el cristiano es más bien algo saludable ya que puede uno acordarse del propósito de la vida. Tenemos que vivir por aquellas cosas, tal como la gracia y el amor, cosas que sí nos llevamos con nosotros más allá del sepulcro. La vida es pasajera, entonces, ¡ hagamos el bien! ¡Amémosle a Dios y al prójimo, y reconciliémonos con nuestros enemigos! Estas cosas embellecen al alma, y un alma bella sí la llevamos con nosotros más allá del sepulcro. Entonces, podemos exultar con San Pablo: "O Muerte, ¿ donde está su victoria?"
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