El mes de Septiembre contiene pequeños recuerdos del otoño ya próximo.
Los niños van preparándose para el primer día de la escuela
y los días poco a poco se van haciendo más cortos. Quizá a
alguno se le entre un poco de melancolía, la cual le causa ponderar un
poco las cuestiones más profundas de la vida-¿ Por qué es
que no todo pasa en forma fácil de predecir? ¿Tendrá sentido
mi sufrimiento? Quizá por esta razón la Santa Madre Iglesia nos
dé la fiesta de Madre de Dolores el día 15 de Septiembre. Aquí tenenmos
a María, inmaculadamente concebida, llamada a ser Madre de Dios y quien
será llevada al cielo cuerpo y alma, y sin embargo fue llamada a sufrir.
El sufrimiento es el mero medio que Nuestro Señor escogió para
redimirnos. Siendo Dios, Cristo pudo haber borrado el sufrimiento. Sin
embargo optó con abrazarlo y darle un nuevo sentido-es decir, se
lo dio un sentido redentor. Nuestro Señor nos ha llamado a abrazar
el sufrimiento en nuestras vidas y unirlo al suyo para la redención
del mundo. El mismo San Pablo nos dice: “Ahora me alegro cuando tengo
que sufrir por ustedes, pues así completo en mi carne lo que falta
a los sufrimientos de Cristo para bien de su cuerpo, que es su iglesia” (Col.
1:24-25). Lo que San Pablo quiere decir es que el sufrimiento de Cristo
en si mismo ( la redención objetiva ) es infinitamente suficiente
para nuestra salvación. Sin embargo, esta redención tiene
que ser aplicada a cada uno de nosotros (la redención objectiva
). Esto lo hacemos cuando nos llevamos la cruz. El Papa Pio XII, en su
carta encíclica titulada El Cuerpo Místico , se las aplica
aquellas palabras de Col. 1, 24 a María diciendo que Ella es la
primera quien ofrece personalmente su cooperación total para llenar
lo que “falta de los sufrimientos de Cristo.” Además,
ningún otro ser humano ha sufrido con más sumisión
completa a la voluntad divina. A este sufrimiento de Mariá, la iglesia
en su magisterio ordinario, se la llama la “Compasión” (es
decir, su pasión “con” su Hijo).
A nosotros nos toca imitar el ejemplo de María, uniendo nuestras penas, tanto las grandes como las pequeñas, a la pasión de Cristo para la salvación del mundo.
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